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Aquellas aviadoras y sus De Havilland Moth (1ª parte)


En la segunda mitad de los años 20, las escuelas de vuelo y los aeroclubs de Inglaterra y otros países de la Commonwealth fueron sustituyendo los viejos aparatos excedentes de la Gran Guerra por un nuevo biplano, ágil y fiable, puesto a su disposición por la De Havilland Aircraft Company: se trataba de la DH-60 Moth. Construida en madera y tela, su diseño incluía alas plegables hacia atrás que permitían almacenarla fácilmente en pequeños hangares, y su precio, unas 650 libras de la época, la hacían accesible incluso para particulares. El éxito estaba asegurado.
En 1928 la De Havilland decidió sustituir el motor Cirrus que equipaba a las primeras versiones por otro de diseño propio, el Gipsy I, dando lugar a la variante más popular de la DH60, la Gipsy Moth. Ése era el avión en el que aprendían a volar los alumnos del Real Aeroclub de Londres en el pequeño aeródromo de Stag Lane cuando una joven secretaria, hija de un comerciante de pescado, presentó su solicitud de admisión. Se llamaba Amy Johnson y su nombre no tardaría en ser leyenda.


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Su primera clase no fue precisamente prometedora. Su instructor, a quien no le hacía gracia tener que enseñar a una mujer, no le ahorró crítica alguna y la declaró “un caso perdido” nada más bajarse del aparato, negándose a continuar con ella. Afortunadamente para Amy, su nuevo monitor, el capitán V. H. Baker, era muy diferente. Lo primero que hizo fue preguntarle a ella qué era, en su opinión, lo que había ido mal. Amy contestó que el viento apenas le había dejado entender las instrucciones de su profesor. Baker examinó el gorro de vuelo de la joven y se dio cuenta de que le habían dado un casco de hombre que le venía grande, por lo que los auriculares no se ajustaban a sus orejas. Tras conseguirle otro más adecuado volvió a despegar con ella y a partir de ahí todo fue a mejor. Poco tiempo después Amy superaba con facilidad las pruebas que habrían de otorgarle su licencia de piloto.

Amy Jason

Estirando su magro sueldo hasta los límites, Amy siguió volando cuanto pudo una vez obtenida la preciada licencia, pero no se conformaba con saber pilotar, también quería aprenderlo todo acerca de la construcción de los aviones y de su mantenimiento, así que armada con la mejor de sus sonrisas se plantó delante del ingeniero jefe de Stag Lane, Jack Humphreys, y le pidió que la aceptase como aprendiz. Él la miró de arriba abajo y le dijo que si era capaz de estar allí cada día a las seis de la mañana y ponerse de grasa hasta los codos ayudándole a montar y desmontar motores le daría una oportunidad. Amy aceptó el reto y acabó convirtiéndose, en diciembre de 1929, en la primera mujer que obtenía un título de mecánico de aviación en toda Inglaterra.

Lo de ser secretaria se le había quedado definitivamente pequeño. Amy quería dedicarse a la aeronáutica, pero no era fácil para una mujer hacerse sitio en ese mundo a no ser que hiciera algo realmente grande. De nuevo pidió el consejo de su instructor, el capitán Baker, que le sugirió intentar un raid como el que un año antes, en 1928, había realizado la también británica Lady Mary Bailey, que había hecho el viaje de ida y vuelta a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, a bordo de una Cirrus Moth –la DH60 con su motor original-. Entre las distintas posibilidades que se les ocurrieron, Amy se decidió por Australia, ya que era el lugar más lejano al que se podía llegar desde Inglaterra sin tener que cruzar una extensión de mar que superase el alcance de una avioneta ligera. En busca de financiación para su proyecto, llamó a cuantas puertas se le ocurrieron recibiendo un rechazo tras otro e incluso algunas burlas –“si quiere ir usted a Australia vaya en barco, jovencita”-, hasta que por fin, el empresario del petróleo Lord Wakefield se dejó convencer para pagarle el combustible que necesitaría a lo largo de su ruta y la mitad de lo que costaba la Gipsy Moth de segunda mano con la que pretendía abordarla. La otra mitad la puso su padre, por lo que, agradecida, Amy bautizó su recién adquirida máquina, pintada de verde y blanco, con el nombre de su negocio pescadero: “Jason”, el mitológico argonauta.


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El padre de Amy y un puñado de sus amigos de Stag Lane fueron los únicos testigos de su despegue la mañana del 5 de mayo de 1930, llevando a bordo los repuestos que pensaba necesitar y una hélice atada al fuselaje. Tenía 16.000 km por delante, un desafío formidable, sobre todo teniendo en cuenta que el trayecto más largo que había hecho hasta entonces había sido de unos 200 y que en su libreta de vuelo había apuntadas poco más de 80 horas. Ninguna mujer había intentado nunca antes algo semejante, y tan sólo un par de hombres podían presumir de haberlo conseguido. El último en hacerlo había sido el veterano piloto Ben Hinkler en 1928, invirtiendo quince días y medio en la hazaña. Amy pretendía superar ese record.
La primera etapa la llevó hasta Viena, la segunda hasta Estambul, y de momento todo iba bien, pero era a partir de ahí donde iban a empezar los problemas. Para llegar desde la capital turca hasta la ciudad de Alepo, en Siria, debía cruzar los montes Taurus, cuya altura superaba el techo máximo de su Gipsy . Cuando se enfrentó a ellos, descubrió que las nubes no le permitían distinguir apenas las paredes rocosas entre las que viajaba. El pequeño avión, cargado de combustible, no podía ascender más de ninguna de las maneras y Amy no se atrevía a intentar descender por miedo a estrellarse contra algún obstáculo, por lo que no le quedaba otra solución que abrir bien los ojos y seguir adelante. Tras unos minutos de intenso pánico, volando prácticamente a ciegas y temiendo el choque en cualquier instante, un oportuno claro le permitió divisar una línea férrea, que pudo seguir hasta salir de las cordilleras para finalmente alcanzar su objetivo. Había salvado el primer escollo serio de su viaje.


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Al día siguiente, cuando ya casi estaba llegando al final de su cuarta etapa en Bagdag, se topó con el segundo. Una terrible tormenta de arena cubrió de repente lo que hasta hacía pocos minutos eran cielos azules, zarandeando salvajemente a la liviana Moth y cegando a su piloto. Con las gafas cubiertas de polvo, la joven puso motor a fondo, enfrentó el avión al viento y logró aterrizar en mitad del desierto sin destrozar la aeronave. A toda prisa calzó las ruedas con el equipaje y las herramientas y aguantó la embestida de los elementos abrazada a la cola de su avioneta para que el viento no se las llevara a ninguna de las dos, y con el revólver que llevaba como precaución al alcance de la mano por si tenía que defenderse de los chacales que escuchaba aullar en las cercanías. Cuando por fin, tres largas horas más tarde, volvió a hacerse la calma, limpió lo mejor que pudo la toma de aire, que estaba llena de arena, puso el motor en marcha y consiguió volver a despegar, alcanzando la capital iraquí antes de que cayese la noche.
El 10 de mayo, sexto día de su periplo, se plantó en Karachi. En ese punto los periódicos empezaron a tomarla en serio: había mejorado en dos días el tiempo que había necesitado Hinkler para llegar desde Londres hasta la ciudad pakistaní. De pronto en las portadas se empezó a hablar de la “secretaria voladora” y desde todas las redacciones se enviaron telegramas a sus corresponsales a lo largo de su ruta prevista para que dieran cumplida noticia de sus progresos.



En el siguiente tramo debía cruzar buena parte de la India y aterrizar en Allahabad, pero el fuerte viento de cara que sopló durante todo el recorrido hizo que gastara mucho más combustible de lo previsto, por lo que no tuvo más remedio que tomar tierra antes de tiempo sobre un campo de maniobras del ejército británico que divisó desde el aire cerca de Jhansi, al norte del país. Logró posar en él la pequeña Moth, pero al carecer de frenos no pudo impedir que, antes de detenerse del todo, chocara contra un poste que había al final del terreno despejado. El avión sufrió daños de cierta importancia en un plano, pero pudo repararlo esa misma noche con la ayuda de un carpintero local y de un sastre que cosió la tela desgarrada, mientras que la guarnición británica le prestó el combustible suficiente como para terminar esa parte del viaje al día siguiente. La ventaja que le llevaba a Hinkler había desaparecido, pero la aventura continuaba.
foto El día 13, al llegar a Rangún, surgió un nuevo inconveniente. A Amy le fue imposible localizar el hipódromo en el que pretendía aterrizar, ya que en esa ciudad no había campo de aviación, y lo más parecido que encontró fue un campo de fútbol. Armándose de valor, se dispuso a plantar las ruedas en el suelo antes de la portería más cercana con el fin de aprovechar al máximo el reducido espacio disponible. Lo consiguió, pero al igual que le sucediera en Jhansi, no pudo evitar cruzar el terreno de juego entero hasta toparse con una zanja que había en el lado contrario del campo, y allí se hundió el tren de la Moth. Cuando descendió, Amy comprobó consternada que se había roto uno de los planos inferiores y también la hélice. Aquello podía ser el final de su empresa, pero quiso la suerte que ese campo perteneciera a una escuela de ingenieros birmanos, quienes inmediatamente se pusieron a su disposición. Gracias a su ayuda y también a la hélice que, previsoramente, había llevado todo el tiempo consigo como su más valioso repuesto, pudo volver a remontar el vuelo al cabo de dos días. Ya no había ninguna posibilidad de mejorar el registro de Hinkler, pero Amy no pensaba cejar en su empeño de alcanzar Australia como fuera.
El 16 de mayo continuó viaje hasta Bangkok, después vendrían Malasia e Indonesia, y el día 20 se puso en camino hacia Surabaya, en la isla de Java, donde se vería sometida a una nueva prueba. Amy se encontraba muy cerca ya de su objetivo cuando las condiciones climatológicas volvieron a jugarle una mala pasada. En cuestión de minutos la visibilidad se redujo prácticamente a cero y se desató una fuerte tormenta tropical. La densa lluvia inundaba la cabina, la frágil Moth se debatía en el aire turbulento y no se divisaba la tierra. Cuando ya la situación era desesperada por la falta de combustible, Amy vio abrirse un milagroso claro entre las negras nubes que la envolvían y al otro lado, por fin, divisó la costa de Java. Con el motor apurando las últimas gotas de gasolina no había tiempo de buscar el aeródromo de Surabaya, tendría que aterrizar donde pudiera y hacerlo cuanto antes. Tiritando de frío por su ropa empapada, vio una plantación de azúcar y no se lo pensó dos veces. Una vez más la toma acabó de forma accidentada. Resultó que en uno de los márgenes del campo estaban construyendo una casa y habían delimitado los límites de la parcela con estacas de madera. Una de ellas desgarró la tela por dos veces remendada de uno de sus planos inferiores. Cuando el corazón volvió a latirle a la velocidad normal, Amy se bajó del “Jason”, inspeccionó el maltrecho plano y decidió que el destrozo no era tan grave como se había temido. Allí no había sastre como en Jhansi, así que arregló el roto lo mejor que pudo con lo único que le quedaba a mano: un rollo de esparadrapo rosa.
Sólo restaba por cubrir el último tramo de su periplo, pero también era el más aterrador para ella al transcurrir casi en su totalidad sobre el mar del Timor: 800 km de travesía, a recorrer a los aproximadamente 130 km por hora que constituían la modesta velocidad de crucero de su Gipsy Moth. Amy, a esas alturas, estaba completamente agotada. Al final de cada etapa, después de pasar diez, doce o más horas volando, aún debía dedicar varias más a revisar el avión y ponerlo a punto para el día siguiente, lo que apenas le dejaba tiempo para dormir. Todo ese esfuerzo, unido a las múltiples peripecias sufridas, se estaba cobrando su precio en su ánimo y en su cuerpo, pero no había llegado tan lejos como para detenerse el último día. Amy volvió a despegar y pronto se encontró sobre las aguas. El vuelo fue aún más penoso de lo esperado porque todo el tiempo tuvo el viento de cara, pero cuando llevaba ya siete horas de vuelo todos los males quedaron atrás al descubrir en el horizonte la isla de Melville, y poco más allá la sombra del continente australiano. Amy sonrió aliviada. Su meta, la ciudad de Darwin, estaba a minutos de vuelo. Cuando por fin aterrizó allí una multitud enfervorecida la esperaba. Ya estaba en Australia. Había tardado 19 días y medio, cuatro más que Hinkler, pero indudablemente había hecho Historia.

Fin de la 1ª parte


Autor: Darío Pozo Hernández